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Hablar con Marío Hernández, no solo es adentrarse en la vida de uno de los empresarios más exitosos del país, es un viaje a la memoria; un recuento por épocas, momentos y lugares claves en la historia de Colombia. Un recorrido por las calles y carreras de la Bogotá de antaño.

Esta es la historia de un guerrero que ha labrado su destino con mucho esfuerzo. Como buen santandereano trata todos los temas “sin pelos en la lengua” y con un humor único. Eso sí, siempre deja reflexiones.
Cuenta con una sencillez extraordinaria, en una de las paredes de su oficina reposa una editorial de El Tiempo en donde lo describen como “una especie en vía de extinción”, un hombre que siempre le busca el lado positivo a la vida. Víctima de la violencia bipartidista, huérfano a los 10 años, su madre fue cabeza de familia… y superó todos los obstáculos. Conozca de cerca a este empresario.

Hábleme de ese Mario Hernández de su hogar. Su papá, un hombre que a los 60 años se casa con su mamá de 23… ¿Cómo fue eso?
¡Inteligente! (Risas). Era un viejo político santandereano. Don Solón se casó a los 60 años con doña Victoria, de 23 años. Ella era una niña bachiller y estaba bien visto casarla con un hombre importante.

Gran parte de mi pueblo es medio hermano mío: ¡el viejo estuvo 60 años solo! Él le dio educación a todos sus hijos y mi madre los domingos en el estanco, se reunía con las mamás de esos niños y les daba para el mercado.

Mi papá era liberal y en una oportunidad llegaron los conservadores a votar con menores de edad, él se los impidió y ellos dijeron traiga la gente. Al otro día le puso un cable al Gobernador de Santander: “70 heridos, 15 muertos, todo en calma. Solón Hernández”. La violencia bipartidista fue muy grave, los colombianos llevamos 100 años de guerra, no sabemos qué es tener un día en calma. ¡Con paz este país cambiaría tanto!

¿Y su mamá?
Mi mamá era una mujer brillante, trajo a papá a Bogotá. Recuerdo que salimos en camiones y con un colchón porque no nos dejaron sacar nada más. Llegamos a la Capital, nos tocó vivir el ‘9 de Abril’.
Hace poco estuve en el ‘20 de Julio’ y me acordé que cuando era niño visitaba unos chircales donde se trabaja el ladrillo, ahí en San Cristóbal. También recordé que en la calle 100, había unos lotes donde sembrábamos papa.

Si volviera a nacer haría lo mismo, solo que aprendería inglés y ¡eso que sin saberlo me ha ido bien!

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“Nunca he pensado en ser el más grande, hago las cosas porque me gustan. El dinero es el resultado de hacer las cosas bien hechas. Hay que tener claro que la plata no es todo en la vida”.

Luego mi padre montó una cigarrería en la Ciudad Universitaria, ¡todavía existe la casa! Pero al poco tiempo le dio un derrame cerebral y cuando murió no teníamos ni para el cajón. Una pariente de mi mamá le tuvo que prestar.

Fue un momento muy difícil porque mi madre siempre se había dedicado a las labores del hogar, no sabía hacer nada. Entonces se inventó el sistema de vida americano, los “loft de hoy en día” y arrendaba casas grandes y las subarrendaba (eran inquilinatos). También hacía tamales y yo los vendía. A los 14 años me fui a trabajar como mensajero.

¿Siempre soñó con ser un gran ejecutivo?

Si, de niño cuando teníamos la cigarrería, compraba pintura y hacía carros con las latas de cerveza y ringletes; los vendía junto al Campín. A la vuelta de mi casa vivía un niño que tenía una carroza vieja y esa era la “gerencia”. También creé el “Blockbuster” de la época, compraba todas las historietas de El Santo, del Pato Donald y se las alquilaba a los muchachos.

¿Cómo nace Hernández y Mayorga?

Tenía 17 años y dejé de estudiar y trabajar por 2 años y me dediqué a jugar billar… entonces ganaba plata jugando. Hasta que un día pensé, si sigo así, voy a terminar en un café de mala muerte y me alejé. Me puse a trabajar en una oficina de finca raíz y tomamos en arriendo un apartamento en el Santafé (que en esa época era un buen barrio). A los 21 años dije: ¡esto no me gusta! y me puse a vender corbatas, pañuelos, guantes italianos y le hacía vitrinas a los amigos, con eso vivía. En mi antiguo trabajo había conocido a Rafael Mayorga, el jefe de contratos y le propuse que montáramos un negocio. Yo tenía un dinerito ahorrado y creamos Hernández y Mayorga.

Me voy a remontar a la “Tienda de la esquina” de la 98 ¿Ese negocio le abre las puertas hacia la marroquinería o cómo llega a trabajar en eso?
En el segundo piso de donde yo vivía había un señor que se llamaba Carlos Gómez. Él me dijo que sabía hacer chaquetas de cuero, le di un diseño y le dije que me hiciera unas cuantas. Al señor le fue tan bien que compró el edificio. Pero se enfermó y quería irse de la ciudad, me llamó a ofrecerme un local de cueros en la calle 19 con cuarta: ‘Cuerolandia’, como no tenía dinero me lo fió. Al mismo tiempo monté la tienda de la carrera 15 con 98: “La tienda de la esquina”, para Yolanda, mi señora. En esa época abríamos a las 6 de la mañana y cerrábamos a las 10 de la noche.

Háblenos de sus tres hijos: dos de su primer matrimonio y uno del segundo ¿Cómo construyó una empresa familiar sin que haya fricciones al interior?

Yo creo que mi gran éxito es lograr que las dos señoras se saluden de beso (risas) y que los hermanos parezcan uno solo. Hicimos separación de bienes, pero siempre estuve pendiente de mis hijos, los recogía los fines de semana y compartía con ellos. Duré 9 años separado. Conocí a Olga Lucía y me casé por segunda vez. A mis hijos siempre he tratado de darles muy buen ejemplo, ahora soy “tío”, porque “abuelo” parece que fuera muy viejo (risas).

Conoce múltiples destinos para mantenerse al tanto de las tendencias del mercado ¿Cómo son sus viajes?

Siempre he viajado solo, cuando compré el almacén, a los 2 años teníamos 8 tiendas, pero me di cuenta que aún no teníamos el producto que yo quería. Entonces encontré una fábrica que estaba quebrada en Cali y compré el 40%, les pagué muy bien con la condición de que se vinieran a Bogotá. Así fue, y a los 4 años estaba quebrada otra vez, la manejaba un socio judío y me vendió su parte.
Empecé a viajar, lo hacía para aprender, no para vender porque al principio no conocía los precios, los materiales y no era competitivo. En el año 92 monté una tienda en Nueva York y me fue muy mal. Además ese año se quebró la bolsa de esta ciudad, ahí perdí plata, pero ¡ese ha sido mi mejor MBA en la vida!

En una feria en Madrid conocí al Presidente de Mercadeo de Telefónica y me dijo: “usted tiene que cambiar el nombre a Mario Hernández, porque su empresa es de lujo asequible. Ese tipo de empresas llevan el nombre de su fundador: Gucci, Prada y Johnnie Walker”. Cuando llegué a Bogotá bajé los avisos de Marroquinera y Cuerolandia y nació Mario Hernández y… nadie me compraba nada (risas). Tenía como 200 clientes y se fueron, pero como soy terco seguí adelante. Hoy la gente no compra, sino dice, Mario Hernández.

¿Cuántas tiendas hay de su marca?

En total hay 60. En Colombia un poco más de 20, en Venezuela hay 16, en México hay 6, en Costa Rica 1, Panamá 2, entre otras. Recientemente se abrió sede en Rusia, es una franquicia.

Mario Hernández es producto de: a. Una gran tenacidad. – b. Una suerte maravillosa. – c. Un cúmulo de oportunidades. -d. Una visión comercial llena de magia. -e. Un gran equipo de trabajo.

Se trata de aprovechar lo que mi Dios nos da, oportunidades hay en todas partes todos los días, solo que no las vemos, hay que tomarlas. Así como la vida te pone problemas, te da soluciones, y yo entre más trabajo más suerte tengo. Creo en la honestidad y transparencia, hay que pagar impuestos, pagarle a la gente, los negocios deben ser buenos para ambas partes.
Dios nos da todo, es parte de la vida: Naces desnudo y te vas desnudo… te nacen los dientes, gateas, vas al Kinder y luego a la universidad, no al revés. Te caes y tienes que volverte a levantar.

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La evolución de la maleta.

A veces somos malagradecidos con la vida, nos quejamos y queremos más. Uno solo tiene un cuerpecito, así que no necesita mucho, uno NO puede ser esclavo de las cosas.

Hace algunos años la crisis económica afectó a los sectores de la confección y vivienda ¿Cómo ve este sector actualmente?

Unos especialistas norteamericanos muy importantes analizaron el comportamiento de Colombia en los últimos 100 años, su resultado fue que el país ha crecido considerablemente en los últimos 14 años y que somos un ejemplo para el mundo.

Usted se va de Colombia por un tiempo…

Me fui por un año para Estados Unidos y me quedé 9, regresé porque este es mi país, somos una tierra maravillosa, tenemos frutas y verduras deliciosas, el clima, la calidez de la gente. Lo que pasa es que no queremos lo que tenemos, nos parece mejor lo de afuera. ¡Eso es insólito!
Regresé para construir país a través de la empresa, uno tiene que aprender a compartir, aquí les ayudamos a que tengan casa, les pagamos a tiempo, les damos mercado, yo no me pongo a crear “cooperativas” para no pagarles lo que se merecen. Si el negocio no da para pagar impuestos y sueldos, ¡no sirve!

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¿El mercado chino lo ha afectado?

Cuando llegamos a Rusia ya había productos con nuestra marca, ¡yo me emocioné mucho porque esa gente siempre copia a los buenos! (Risas). Lo que si tenemos claro es que nosotros vendemos para conocedores, quienes compran imitaciones son personas ignorantes.

Háblenos de sus premios. ¿Qué significó para usted haber sido elegido como el único caminante colombiano de Johnnie Walker?

Siempre he agradecido mucho, pero sinceramente no es un tema que me deslumbre. La primera vez que yo fui a Paris, le dije a la gente: “Paris es igual a Capitanejo. Son edificios, gente y calles. Puede cambiar la vestimenta, pero todos somos iguales”.
En el 98 recibí el premio Portafolio como el Ejecutivo del año, y eso lo que hace es comprometerme a ser cada vez más exigente con mi trabajo. Uno en esta vida, lo que necesita es humildad, sin eso no hay nada. Lo de Johnnie Walker es muy importante porque me tienen de ejemplo en el mundo. Eso me preocupa porque yo soy muy “chiquito” para tener esa responsabilidad.

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¿Cómo define su marca?

Yo tengo el sueño de ser una marca internacional, aún me falta mucho, ¡me conocen en mi casa porque doy para el mercado! (risas). Los mexicanos, por ejemplo, no pueden creer que en Colombia haya una marca de lujo.

Pero Mario Hernández es una marca en todo el sentido, usted tiene su propia paella ¿Cómo es eso?
A mí me encanta cocinar desde niño. Yo hacía reuniones y preparaba espagueti y pasabocas, tenemos un grupo de cocina hace 20 años. El cuento de la paella, es que yo vivía en Boca Ratón (Miami) y pasó un huracán, mi esposa estaba sola y unos vecinos decidieron ayudarla. En agradecimiento yo les ofrecí preparar una, empecé a mirar un libro que tengo, llamé a unos amigos chef y dicen que es la mejor.
Recientemente cociné una para 150 personas, cuando voy a cocinar yo compro los ingredientes, en la vida se necesita amor para todo, eso se nota desde los detalles más simples. Además tuvimos el restaurante ‘Los Vitrales’.

¿Es generoso con sus empleados?
Pues los considero mi familia, yo vivo para ellos, son mi gran responsabilidad, pero tendrías que preguntarle a ellos.

¿Cuál es el balance que dejó el 2014 y qué viene?

Estamos vivos que es lo primero por agradecer. Queremos penetrar mercados que no son fáciles. En 2015, vamos a ser un poco más franceses, vamos a reinventarnos. Mi gran compromiso es subsistir.

¿Cree en Dios?

Sí. No voy mucho a la iglesia pero creo que uno por sentido común debe ayudar a construir un país mejor, con gente mejor.

¿Lograremos la paz?

Vamos a lograrla, es una gran oportunidad. Lo que nos cueste la paz es barato, llevamos 100 años sin ver un día de paz. Creo que, si así somos la tercera economía de Latinoamérica, con paz seremos mucho más grandes.
Si la negociación de la paz estuviera en sus manos ¿Cómo sería?
Sería muy estricto en la claridad de las reglas, habría que hacer concesiones y en eso los empresarios debemos estar comprometidos a ofrecer trabajo para la gente que sale de la guerrilla. En la empresa ya estamos preguntando ¿Qué pasaría si eso ocurriera? En general hay buena recepción.

¿A cuántas juntas directivas pertenece?

Estoy en la Alianza del Pacífico, ahí trabajo mucho, todo lo pago por mi cuenta, nada del Gobierno. Estoy en Artesanías de Colombia, en mis juntas de otros negocios de construcción, voy a las universidades a dar conferencias (no cobro nada) y creo que hay que hacerlo, uno le tiene que transmitir a la gente que se pueden hacer las cosas. Que no lloremos tanto, que aprendamos y nos juntemos.

También promueve el talento nuevo

Hace poco hablaba con el Rector de la Universidad de los Andes y le decía que hay que crear más becas. Nosotros tenemos unas para Ingenieros. Allá están algunos de los mejores Icfes del país y ellos se convierten en los mejores profesionales, usualmente los herederos no valoran lo que tienen, para eso se necesita el hambre. También creamos el premio Mario Hernández, unas becas de Diseño.

Un consejo para los empresarios nacientes

Ir paso a paso, yo he trabajado toda la vida y creo que hasta ahora voy en primaria. Invertir en su negocio, no comprar para mostrarle a los demás. Las caídas no son fracasos, son enseñanzas y ante todo mucha humildad.

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