Del pasado conserva su sonrisa solar, sus ojos brillantes y ese tono de voz tan suave y apacible, sobre el que no ha pasado el tiempo como el viento venenoso del desierto. Y al llegar al lugar donde nos hemos citado para vernos, después de casi 30 años, se apropia de las miradas con el poder imantado de su encanto.

Por. Carlos Gustavo Álvarez G.
Fotos. Andrés Reina
andresreinafotografo@gmail.com
Instagram: @andresreinafoto

Nos decimos lo de rigor: que a ninguno nos ha pasado el tiempo.

Pero eso es verdad solo en ella, en esta María Cristina Caicedo que tiene el pelo plateado y sin máscaras que disfracen su edad presente, que esparce una presencia de alegría para salpimentar esta charla sobre la vida pasada que puede durar el resto de nuestras vidas.

Recuerdos… Tiene 17 años, caleña, y es como las flores…
Se ha casado en Panamá con un hombre de música que se llama Jimmy Salcedo. Quien casi en segundos le hizo saber con su sonrisa subyugante, y como suele suceder en el mundo de la televisión (que es de apariencias), y como en el mundo real (donde se ven las caras, pero nunca el corazón), encarnaba en su hechizo el cielo y el infierno.

Margoth -su
señora madre – trabajadora
y visionaria, le legó la seguridad y el
principio de la
espiritualidad, con el que
ella, hoy y a través
del Reiki, impone sus manos sanadoras,
instrumentos de alivio con
los que curan maestros como
José Gregorio Hernández.

Comenzó a cantar e ingresó a la televisión, y entre reflectores y fotos sociales hizo el papel de la esposa en  el impecable ‘Show de Jimmy’. Duró 8 años. La separación fue puerta de entrada a más terrenos de la  televisión, salir al aire en directo que era el mérito implacable de aquellas épocas.

La muerte de su padre…
De ahí hasta buscar con qué vivir al lado de su madre estelar, doña Margoth, solo hubo un paso hasta el restaurante con nombre de postrecito crocante, “La Caspiroleta”, que ella le regaló a su progenitora cuando quedó viuda.

Hasta el ex presidente Carlos Lleras Restrepo le bautizó y aportó los “fríjoles vegetarianos”, y “La Caspiroleta” se volvió inevitable espacio del almuerzo como le gusta a la gente que copa las revistas de famosos. Y allí  María Cristina, luminaria, reina en esa casa del Barrio La Merced, en la que hoy estalla al amanecer la
estridencia del heavy metal.

Luego su hija Deborah, su gran compañera, el agua en que se convierte su boca. La muerte de su madre en 1997. La aparición providencial a los 8 meses de un caballero italiano de cuento de hadas. Y cuando aún el corazón le dolía, el matrimonio con Silvano Righetto, que jamás había venido a Suramérica. Adiós, Colombia, bienvenida a Italia.

El pasado es una materia líquida, que fluye, que se escapa.
Nos gusta entronizarlo cuando, como en el de María Cristina, tiene momentos refulgentes, corazones rotos por esa muchacha linda de la televisión (“un terremoto viviente”, la recuerda Magda Egas), una mirada fugaz que se volvió amor platónico mientras entraba en los estudios de San Diego de la calle 24, admiradores en Internet…

Pero el hoy, el ahora y la realidad son su vida en Vicenza, región del Véneto, en la parte norte de la bota italiana, imperio de Paladio, el arquitecto del genio que la pobló de sus villas fastuosas, patrimonio de la humanidad.

Al principio fue difícil. Sobre todo en ese momento de la ciudad del mediodía, en el que las calles se mueren y la vida se trastea a la interminable intimidad de las casas, la comida, las siestas, las caricias.

Ha agregado a su índole valluna, antioqueña y tolimense esta bella ‘essenza’ que irradia con la madurez, el mejor momento de su vida.

Margoth -su señora madre- trabajadora y visionaria, le legó la seguridad y el principio de la espiritualidad, con el que ella, hoy y a través del Reiki, impone sus manos sanadoras, instrumentos de alivio con los que curan maestros como José Gregorio Hernández.

El tiempo de esta cita ha pasado tan rápido como el tiempo de la vida. Nos levantamos. Al salir imanta de nuevo las miradas. Escucho que alguien pronuncia unas palabras que ella ha oído toda la vida y que ahora recibe agraciada en su exquisita madurez:
-¡Qué bonita señora!

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