“Soy esencialmente un actor, no puedo ser más que eso”  Luis Eduardo Arango

Este año se celebran los 60 años de la televisión y nuestro invitado es uno de los actores más destacados de Colombia, un hombre que ha hecho llorar y sobre todo reír a miles de compatriotas con su talento, no solo en la pantalla chica, sino en el cine y el teatro.

Inició muy joven en la televisión, paisa, con un sentido del humor exquisito, amante de los tangos, hincha de Nacional, pronto empieza un nuevo proyecto capacitando a las promesas de la actuación, ¿quién mejor para hacerlo?; ¿cómo
olvidar El Divino, Quieta Margarita, Me llaman Lolita, La pezuña del Diablo, Caballo viejo, Romeo y buseta, Don Chinche, Los graduados, Los canarios,
La hija del Mariachi y muchos otros proyectos en los que ha participado? Y, lo mejor de todo, es que aún queda Luis Eduardo Arango para rato.

¿Tremendamente paisa o paisa no más?
Paisa no más, para mi desgracia. Me hubiera gustado ser tremendamente paisa, porque siento que el haber vivido lejos de Medellín algunos años de
mi infancia me dio valores y conocimientos, pero me quitó un poco de raíz, de raigambre y de espíritu. Hubiera querido ser un paisa raizal por esa visión para los negocios que, en este momento, no tengo. Esos primeros años fuera de Antioquia
me quitaron un poco esa vena de negociante.

¿Qué recuerda de su vida antes de ser actor?
Lo que más me marcó fue la vida del hogar, y el modo de conseguir y ganarse la vida mi papá. Él siempre trabajó en la casa y tenía una zapatería (tuvo varias) y en general, muchos negocios relacionados con ese tema (como buen paisa). Pero como mal paisa, nunca consiguió plata.

Siempre tuvo negocios en los que se quebraba o lo“tumbaban” con una frecuencia inaudita. Pero eso ocurría porque mi papá en esencia, fue un tipo sumamente
honesto e incapaz de robar a nadie.

Recuerda ¿qué fue lo primero que hizo y cuánto le pagaron?
Por lo primero que hice no me pagaron nada, fue en el grupo de teatro de la Universidad Gran Colombia, acá en Bogotá. Hice hasta cuarto de bachillerato en Medellín y quinto y sexto en Bogotá. Nos vinimos porque mi papá estaba  buscando unos cambios para el negocio, siempre trató de no dejarse vencer, no podía dejar a la familia a la deriva.
Cuando estaba en grado 11 llegó Héctor Sánchez, un escritor, novelista y director de teatro que coordinaba ‘A la sazón’ (el grupo de teatro de la Gran Colombia). Él había tenido una pelea con los actores del grupo, los echó y se fue a buscar gente nueva; sin vicios, “sin mañas” (decía él) y sin experiencia.
Fue al colegio y justo ese día yo no estaba, estaba en cine, pero al día siguiente mis compañeros me dijeron: “vino un señor del teatro, usted tiene que conocerlo”. Yo era el loco del liceo, mis amigos tenían más fe en mí que yo mismo. Un día mediante “argucias” me llevaron al grupo de teatro. Me invitaron a jugar billar, pero en realidad su intensión era llevarme allí, quedé matriculado

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“Por mis primeros trabajos como actor no me pagaron nada, fue en el grupo de teatro de la Universidad Gran Colombia, acá en Bogotá. Luego protagonicé La Celestina y me pagaron 9.200 pesos”.

¿Cómo fue ese encuentro con el teatro?
Siempre digo que fue físicamente como la película de Narnia, esto me abrió una puerta a otros mundos… Todavía tengo la imagen de lo que había ahí: columnas, una gran mesa y dos niñas (¡que fue lo que más me gustó del asunto!), dos mujeres bellísimas medio hippies. Héctor me llamó a hacer una lectura, luego una improvisación y me quedé con el papel. Mi primer contacto con el teatro, quizás fue cuando tenía 11 años, en el Teatro Colón en un concurso de lectura de las Escuelas Públicas del Distrito; me seleccionaron y quedé de segundo. Recuerdo que estar allí para mí fue una cosa mágica, entré por donde ingresan la escenografía y los actores, era un laberinto con cosas misteriosas, lleno de un vestuario raro y muchos espíritus por ahí latentes. Lo primero fue por amor al arte, lo pagado fue muchos años después.
¿De cuánto fue ese primer cheque?
Trabajaba con HazArte y estaban haciendo una convocatoria nacional para montar varias obras, una de esas era la Celestina, participé y me gané el papel de Calixto.
Hicimos cuatro funciones. Me pagaron 9.200 pesos por un mes de trabajo.

En esa época había “señores” directores, ¿empezaba a conocerlos?, ¿deseaba que alguno de ellos lo dirigiera?
Sí, siempre pensé en Pepe Sánchez como director, también en David Stivel y finalmente logré trabajar con ellos. Al principio estaba Boris Roth, ¡era una maravilla!
Con Romero Lozano no tuve la oportunidad de trabajar, pero con Bernardo Romero Pereiro sí. Una de las primeras cosas que hice fue con él: ‘Un cuento del domingo’; Julio César Luna también me dirigió en los primeros papeles. Tuve el privilegio de trabajar con los grandes de la televisión colombiana, gente que sabía mucho. Tal vez eso ayudó para que pudiera estar en novelas, yo no encajaba en el perfil habitual de los galanes de televisión y nunca lo fui, pero conté con la fortuna de tener personas que sabían exactamente de qué se trataba. Podían ver la capacidad de un actor. No había casting, ellos sabían con quién trabajaban.

Pepe Sánchez es una persona muy importante para mí porque me dio la oportunidad de entrar a la comedia. Antes, todo lo que hacía era drama y personajes muy serios. Fue fabuloso entrar a ese terreno, él supo descubrir en mí esa vena de comediante.

Desde su punto de vista, ¿actualmente hay directores de la talla de los mencionados?
No, ahora no hay directores de esa talla. Ellos van en otro sentido porque el negocio también ha cambiado, es más negocio que mística y arte. La mayoría quieren hacer algo que se haga en muy poco tiempo y que dé mucho dinero.

¿Kepa Amuchastegui lo dirigió? 
Con él hice una novela que se llamó ‘El Divino’ que fue muy chévere. Kepa (además de todo lo que sabe de arte y televisión) es un gran ser humano y tiene una gran capacidad de comunicarse con los actores. Por fortuna Kepa y Pepe todavía dirigen.

Fue muy amigo de Fanny Mickey. ¿Qué es lo que recuerda de ella a nivel profesional?
Éramos muy amigos con Fanny. Con ella hice ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, fue una súper obra de teatro, porque nos marcó mucho, primero porque ella estaba en el escenario y teníamos toda su energía (que era muchísima) puesta al servicio
de eso. Cuando preparábamos la obra, le dio lo que yo creo, fue su primer infarto.
Tuvimos que suspender las giras, pero al mes del infarto volvió al escenario como si nada, los asustados éramos los que estábamos a su alrededor: Consuelo Luzardo, Kepa Amuchastegui y yo. Mientras tanto ella estaba feliz, era una mujer
avasallante, era su esencia.
Una obra que me enseñó de público y de conocer a la gente fue ‘Sexo mandamiento’, con la que rodamos por toda Colombia, en lugares insospechados. A Fanny le encantaba ir a donde nadie había ido y hacer teatro donde nadie lo había hecho. Una vez fuimos a Tibú (Norte de Santander) a una presentaciónpara una petrolera y no había escenario.
Ella mandó trasladar las mesas de billar del pueblo, mandó poner un tablado y ahí se hizo la presentación. Eso es tener mucha fe en el arte y mucha energía para convencer a personas que no quieren hacer nada, a que lo hagan todo.

Ella mandó trasladar las mesas de billar del pueblo, mandó poner un tablado y ahí se hizo la presentación. Eso es tener mucha fe en el arte y mucha energía para convencer a personas que no quieren hacer nada, a que lo hagan todo.
¿Qué quedó de Fanny?
Ella siempre insistió mucho en la responsabilidad de un artista, no solamente con
el público, sino con el arte mismo. Con el teatro, con el escenario, que para ella era un templo. Ese respeto marcaba su vida. Soy muy respetuoso, un escenario no solo es un teatro, un escenario puede ser cualquier lugar donde puedes hacer catarsis.
¿El teatro o la televisión?
Esencialmente el teatro, que es la madre de todas las otras artes. Ahí los trucos no son trucos, son herramientas, en televisión el truco es truco.

¿Ve a los actores de ahora con la misma
mística de otras épocas?
Es distinto, pero he trabajado con gente muy joven que tiene mística. No se puede
generalizar en ese aspecto. Hubo una época en que era más superficial el asunto y
se pagaba mucho dinero por ciertas cosas que no lo merecían, la gente tenía su cuarto de hora y desaparecía porque simplemente no tenía base o “el equipaje” suficiente para responder por más cosas.
Últimamente llega una generación de actores nuevos muy entregados a aprender y a conocer. A saber que la fama puede pasar, que es efímera. Veo muchachos entregados al arte.
¿Qué les diría?
Que sigan así porque están en la verdad. Que es un camino largo que “no tiene un
final”, menos mal, porque cuando la gente cree que llegó a la cumbre, el siguiente
paso es hacia abajo. Uno no puede creer que llegó a la cúspide.

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“Tengo varios
personajes
que recuerdo
con cariño.
De William
Guillermo tengo
toda la gratitud,
me dio a conocer
en Colombia.
Él era el paisa,
primero de Don
Chinche y luego
de Romeo y
buseta”.

Usted llegó a un punto de status, de reconocimiento, de dinero, ¿cómo es ese Luis Eduardo de hoy?
De dinero no llegué a ninguna cumbre (risas). He ganado, no he malgastado la plata, pero no he tenido esa necesidad de encontrar otro negocio, lo que decía al
principio. Yo vivo de esto y no quiero vivir de otra cosa. La actuación es incierta, un día estás ganado mucho dinero y pasan seis meses sin que llegue nada. Mi método es ahorrar para las vacas flacas que siempre llegan. En los últimos 10 años he trabajado 6 meses de cada año y los otros meses he remado y esperado que arranque otro proyecto.
Soy un hombre maduro en este trabajo, no me creo nada, ya no como cuento. Ya me echaron los que me tenían que echar, y los que me tenía que comer ya lo
hice. Cuentos como: “es que tú eres de la casa…”, “no te preocupes…”.
Una vez me comí un cuento muy grande y fracasó. Quedé colgado de la brocha por un tiempo y me di cuenta que tenía que hacer otras cosas. Hacer teatro, tener historias para contar, desenvolverme en otras cosas. Ahora entré en el terreno de las capacitaciones, dictando talleres de actuación, antes no había querido hacerlo porque lo respeto mucho, pero vale la pena.
¿Qué técnicas aplica?
No soy una disciplina única. Tengo como una especie de mezcla de técnicas y depende de cada persona. No soy Stanislavski, ni Grotowski, no soy el Actors Studio, no soy Suzuki, pero puedo saber de cada uno de ellos y sacar lo que me conviene, lo que tengo en mi espíritu para enseñar. Al tomar las herramientas e incorporarlas, uno empieza a conocerse a sí mismo y a conocer en qué es lo que mejor le va. No hay que aprender una sola cosa, hay que aprender muchas.
Más de tres décadas de trabajo en la televisión y sigue vigente. ¿Cuál es la fórmula?
Mi secreto está dado por el mismo de Fanny: el respeto. Cuando me ofrecen un nuevo personaje intento ponerle algo diferente. Que aunque sea un drama o una tragedia, el público encuentre algo para identificarse. Si no está escrito me gusta inventarle la historia al personaje, todos tenemos una.
¿Cuál de los personajes que ha hecho caló más?
Hagamos un recuento de ellos. Por fortuna tengo varios que recuerdo con cariño. De William Guillermo tengo toda la gratitud, ese personaje

me dio a conocer en Colombia. Él era el paisa, primero del ‘Chinche’ y luego de ‘Romeo y buseta’. Generó mucha empatía con el público, los personajes de humor calan muchísimo.
Mi primer antagónico me causó mucha alegría, fue Reencarnación Vargas en ‘Caballo viejo’, estaba en contra de Epifanio del Cristo, era maravilloso y muy bien escrito. Bernardo Romero sí que se dio gusto escribiendo ese personaje. Volcó en él todo lo que quería decir.
Hubo otro que quería ser malo pero no le salía, era el de ‘Me llaman Lolita’, Johny Caicedo (con acento valluno). Era muy divertido, al principio el personaje estaba bosquejado y a medida que íbamos grabando yo le iba añadiendo detalles. Poco
a poco atrajo la atención de la gente. Recientemente el de ‘La Prepago’ me gustó mucho hacerlo. Los personajes malos y perversos permiten hacer catarsis con
ellos.…

Y en ‘La hija del mariachi’…
Ese personaje fue divino y generó mucha empatía, o el de Los Graduados, ese fue comedia pura. Además es mi primer personaje de abuelo en televisión.

¿Qué proyectos inmediatos tiene?
Estoy vinculado a una escuela que se llama Esdiart, que es de diseño y artes. Quiero seguir haciendo teatro, estamos escribiendo una obra a cuatro manos con mi amigo Mario Ruiz. Estoy retomando mi espectáculo de tangos, que me gusta
muchísimo.

¿Qué le falta por interpretar?
En este momento me gustaría interpretar un personaje de una obra clásica que se llama Beckett. Quiero hacer uno de los personajes de Enrique II, me parece unos de los papeles más grandes que se ha escrito en dramaturgia.

Si volviera a nacer ¿qué cambiaría?
Iniciaría más temprano todo, no le daría tanto tiempo a cosas que no iba a hacer, como la Ingeniería.

Resúmame su vida 
Soy un actor nato y un actor neto. Soy esencialmente un actor,  no puedo ser más que eso, pero estoy muy contento de haberlo logrado.

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