La trabajadora social antioqueña, Lucrecia Cardona Vélez, publica en Australia una cartilla de orientación para las mujeres latinas víctimas de abuso: violencia doméstica y tortura.

Proteger y orientar a las mujeres refugiadas entre los 16 y 25 años que están por llegar de Siria es uno de los proyectos más ambiciosos que tiene.

Por: Sissi Varela – Fotos: Gabriel pace

Servir es la vocación que lleva arraigada en sus entrañas Lucrecia Cardona Vélez, una joven antioqueña que partió a Australia hace cinco años y terminó quedándose, sirviéndole a sus hermanos latinoamericanos y dando consejería y terapia a los refugiados que llegan todos los días de Asia y el Medio Oriente traumatizados por las persecuciones, las torturas y las guerras.

Fiera defensora de los derechos de los niños
La hoja de vida de Lucrecia lo dice todo, no ha hecho nada en su vida que no implique sacrificio, entrega personal y amor al prójimo. Después de graduarse en Trabajo Social en la Universidad Pontificia Bolivariana, de Medellín, comenzó a trabajar en programas de asistencia social, entre los cuales ella considera que el más importante fue luchar por los derechos de los niños antioqueños, sobre todo los que sobreviven con altos grados de desnutrición en municipios remotos y muy pobres de Antioquia. Nunca tuvo miedo de trabajar en zonas rojas donde la guerrilla era un enemigo permanente, para ella todo era poco ante las necesidades de los pequeños.

Ayudar en Australia
Motivada por la meta de aprender inglés, parte hacia Australia y al llegar a Sídney se deslumbra, “todo me parecía novedoso, más bonito, más limpio, más organizado, la gente más honesta, más respetuosa, no sentía miedo al caminar en la calle de noche y sola”, con ese acento paisa tan inconfundible, relata Lucrecia sus primeros meses que, aunque fueron enriquecedores, le permitieron ver como no hay paraíso en la tierra. “Fue un cambio muy difícil, venir de trabajar por Los Derechos de los Niños y las Niñas en Colombia a sentir mis propios derechos vulnerados, maltrato y discriminación, fue complicado demostrar que soy una trabajadora social”, pero lo logró rebuscando y “vendiendo su imagen”, algo que ella no estaba acostumbrada a hacer. “La gente asume que por hablar inglés con acento y ser inmigrante no pasaste por la universidad y estás improvisando, el reto ha sido muy difícil porque tuve que empezar a hablar de mí misma”.

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La primera oportunidad
Sacando esa verraquera típica, obtiene el primer cargo de Trabajadora Social en Australia en un centro comunitario donde llegan latinas víctimas del abuso y maltrato por parte de sus parejas australianas, mujeres que desconocen sus derechos y están solas en el país. ¡Lucrecia estaba en su salsa! Lentamente fue poniendo la experiencia colombiana al servicio de ellas; en equipo desarrolló un proyecto para la prevención de violencia doméstica que incluyó una serie de talleres y la publicación de una cartilla para llevar en la cartera, algo así como un manual de emergencia en caso de violencia: a quién llamar, a dónde refugiarse y cómo hacer valer sus derechos aún siendo inmigrante.

Sueña con regresar un día a Colombia a trabajar con las mujeres desmovilizadas.

Actualmente, trabaja en un centro de rehabilitación para sobrevivientes de tortura, “la necesidad de ayudar es muy grande, es una cosa que no puedo controlar”. Comenzó implementando un proyecto de relajación para los refugiados a través de un CD y hoy ofrece una especie de terapia para ellos, usando su entrenamiento en talleres clínicos para el manejo de personas traumatizadas por la tortura, el abandono de sus tierras y la pérdida de sus seres queridos. En este campo enfoca sus energías, “hay gente que no puede dormir, ni trabajar por las experiencias vividas, por la tortura física y sexual, entonces usamos estrategias juntos para aprender a vivir con el pasado”, así resume Lucrecia la labor que ahora la trasnocha.

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