Jéssica Escobar Porras trabaja desde el fondo de su corazón y del océano Índico por la conservación de los tiburones. Lleva más de diez años en Sudáfrica estudiando la estructura genética de estos temidos depredadores. La joven colombiana ha sacrificado hasta su vida personal desarrollando métodos adecuados para la protección de la especie.

Por: Sissi Varela

Cada hora mueren cerca de diez mil tiburones en el mundo La fundación norteamericana ‘Shark Angels’ avala y patrocina el trabajo de la científica. Perfecciona técnicas para obtener el ADN de los tiburones, conocer su rango, origen y poblaciones.

Jéssica apenas tenía 11 años cuando se enamoró por primera vez, no precisamente de un jovencito, más bien de los depredadores más temidos del océano: ¡los tiburones! A los 15 años sus padres le regalaron un viaje a la isla Gorgona donde tendría su primer contacto con estos temidos animales, en aguas del Pacífico colombiano, buceando a pulmón libre. Hoy, casi 20 años más tarde, es una de las biólogas marinas más dedicadas al estudio y la protección de estos animales. En el año 2013, la fundación norteamericana ‘Shark Angels’, la hizo miembro activo y le concedió el título de ‘Ángel de los tiburones’.

Los tiburones “arrastraron” a Jéssica a las profundas aguas del océano Índico, desde allí vive intensamente su pasión por la vida marina.

Desde el año 2006, Jéssica trabaja en su doctorado en la Universidad KwaZulu Natal en Durban (Sudáfrica), desarrollando un proyecto científico que busca la conservación de poblaciones de tiburones a través de herramientas genéticas, es decir, explica ella “lo que estoy haciendo es estudiar la estructura poblacional y genética de los aletinegros… tener su árbol genealógico y determinar si son originarios del océano Índico o si vienen de otras partes. Porque si determinamos que son de Sudáfrica las estrategias para protegerlos tienen que ser locales, pero si son de diferentes lugares como de Madagascar o Mozambique, hay que buscar estrategias en otros países para protegerlos, para eso se usa la genética, para ver de dónde vienen y ver cómo los podemos proteger”.

Fue una visita
con su familia
al acuario del Rodadero,
lo que le abriría las puertas del
océano y su pasión.

Hacer ciencia sin maltratar a los animales

La joven científica pasa largas horas del día en el océano Índico realizando muestreos del tejido del músculo del tiburón con la ayuda de un arpón, que en lugar de tener una punta afilada es hueco; al disparar, le pega al tiburón y saca un centímetro de su tejido. “¡Ese es mi trabajo! Hacer ciencia sin destruir al animal. La herida se cierra en dos o tres semanas y las muestras que se obtienen en cada salida al mar son analizadas en el laboratorio”.

Uno de sus grandes logros ha sido enlazar el conocimiento empírico que tienen las comunidades locales costeras sobre los tiburones, con el conocimiento y la investigación de los científicos, para así lograr su conservación y el mejor uso de ellos.

Constantemente Jéssica lleva a bucear a cientos de personas para que conozcan a los tiburones y así brindarle a buceadores, pescadores, surfistas y conservacionistas, la oportunidad de aprender a ver a esta especie con otros ojos, cambiar el temor por respeto. “Claro siento miedo cuando los tengo cerca, pero la emoción es mucho mayor, no son agresivos porque sí, solo si son atacados o si pretendes darles de comer en la boca. A mí me emocionan, son animales fuertes y dominantes”.

“Desde el
2007 vengo
buceando con tiburones
y nunca he vivido un
momento peligroso”.

Durante estos diez años en Sudáfrica ha participado en varios cruceros de investigación que examinan el fondo del océano utilizando redes de arrastre, un método de pesca muy destructivo y con el cual ella nunca ha estado de acuerdo. Desde su primera salida se propuso devolver a cada tiburón que quedaba vivo enredado en la red. Al comienzo la tripulación se reía de ella, pues insistían que los animales terminarían muriendo, pero no le importó: “aunque parezca inútil, hago hasta lo imposible por salvarlos”.

Con el tiempo vio como los tripulantes imitaban su acción. “Uno no puede subestimar una pequeña acción y la influencia que eso pueda tener”, enfatiza Jéssica y concluye: “todos podemos ayudar al mar, empezando por reducir el uso de plástico, consumir especies marinas que tienen poblaciones saludables, no usar pitillos y recogiendo nuestros desechos en las playas”.

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