Su milenaria historia se remonta al año 1223, cuando San
Francisco de Asís, el santo de la humildad y la pobreza, estaba débil y
enfermo, pensó que sería su última navidad y quiso celebrarla de manera
especial.
Según la
tradición,
quien
hace el
pesebre,
jamás
carecerá
de casa
propia.

El Señor Juan Velita, amigo suyo, era dueño de un pequeño bosque en las montañas de Greccio, a San Francisco se le parecía mucho al lugar donde nació Jesús y se le ocurrió la idea de hacer un pesebre vivo.

Así, entre los dos eligieron las personas para representar el pesebre y prepararon
la sorpresa para los habitantes del pueblo. La noche de Navidad, cuando todas las familias estaban reunidas en sus casas, las campanas de la iglesia empezaron a tocar como si hubiera una celebración especial.
Sorprendidos y asustados salieron para ver qué estaba sucediendo, vieron a Francisco que los llamaba desde la montaña y asombrados acudieron al llamado, cuando llegaron se posaron de rodillas y sintieron que estaban celebrando la Navidad en Belén.

Tres años más tarde, San Francisco de Asís murió, dejándonos esta hermosa tradición.

¿Por qué hacer el pesebre?
En Navidad, la familia se reúne para celebrar el nacimiento de Jesús, es importante inculcar en los más pequeños la tradición del pesebre en el hogar, pues no solo simboliza la llegada del Niño Jesús, sino el amor de Él hacia nosotros y la paz que debe reinar en nuestros corazones.
Con este símbolo, también podemos afianzar la relación con nuestros hermanos a
través de alguna obra de caridad o simplemente reconciliándonos con los demás. Es una invitación a la reflexión, tal como lo manifestó el Papa Francisco, en La Plaza del Pesebre-Belén:

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“Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos delante del niño Jesús?, ¿quiénes somos delante de los niños de hoy?, ¿somos como María y José que acogen a Jesús y lo cuidan con amor maternal y paternal?, o somos como Herodes, que quiere eliminarlo.
¿Somos como los pastores que se apuran para adorarlo y postrarse delante de Él, ofreciéndole sus humildes presentes? o somos indiferentes. ¿Será que nos limitamos a la retórica siendo personas que exploran las imágenes de los niños con fines de lucro?, ¿somos capaces de permanecer junto a ellas, de “perder tiempo” con ellas?, ¿sabemos oírlas, defenderlas, rezar por y con ellas? o somos negligentes y preferimos ocuparnos de nuestros intereses.”

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