UN RETRATO FAMILIAR DE UNA GENERACIÓN, EN MEDELLÍN, A FINALES DE LOS AÑOS SESENTA
“Esta es la historia de mis hermanos Ricardo y Marta Luz. De Ricardo refiere su vida y su muerte; de Marta Luz, su vida y su muerte, y la aparición póstuma de su hija francesa, Marie Sophie Clémence. Sus vidas y sus muertes paralelas, y la aparición de la hija de Marta Luz, se funden en mí, inseparables, en una sola memoria afectiva, una sola historia.”.
Eduardo Peláez Vallejo

(…) “Primero nació Ricardo, el 15 de octubre de 1936, hace ochenta años. Tenía la piel blanca, los pelos dorados, el ceño fruncido, las cejas cerradas y los ojos verdes amarillos. Después de treinta y nueve meses, un 11 de enero, llegó Marta Luz, con la piel blanca, los pelos dorados rojizos, las cejas separadas en arcos de largo recorrido y los ojos verdes amarillos. Parecieron dos aciertos.

Desde 1940 hasta el 14 de julio de 1949 (el día de mi nacimiento) hubo demasiados acontecimientos en el hogar de mis padres, comprendidos hoy en esta simplificación: nacimos otros cinco hijos (cuatro hombres y una mujer), todos con los pelos negros, pieles morenas, ojos negros, dos orejas, una nariz, dos brazos, dos patas y veinte dedos”.

De esta manera, Eduardo Peláez Vallejo inicia el relato de su más reciente novela: Aves de paso (Alfaguara, 2017), el conmovedor retrato de los Peláez Vallejo narrado a partir de los recuerdos del autor. Sus hermanos mayores, Ricardo y Marta Luz, son el hilo conductor de esta historia que da cuenta del entramado sentimental que sostiene a las familias y que a su vez se presenta como el reflejo de una generación, en Medellín, a finales de los años sesenta.

Con una prosa rica en detalles e imágenes, Eduardo Peláez consigue colar al lector en una serie de episodios íntimos de su pasado familiar, que unidos se convierten en un relato potente y emotivo sobre el amor fraternal.

“Y los padrinos comprendieron mi aburrimiento y se me aproximaron con el sentimiento preciso para desinteresarme de todo y ser un hombre feliz: la compasión. Ellos aprendieron a quererme con su compasión y metieron en su padrinazgo y su madrinazgo el instinto de amarme, en forma de puro sentimiento, sin autoridad para ejercer y por el gusto de complacerme y ser amados por mí: nada mejor. Yo, enredado en mi problemática, mi tedio y mi dificultad para vivir a gusto, los amé a instinto. Hoy, tantos años después de sus muertes, este instinto de amarlos como los amé en la cuna permanece y es activo, como los demás instintos: el de respirar, el de huir del fuego, el de arder en el sexo, el de beber cuando tengo sed o deseo emborracharme…

«La de Peláez es una prosa fina, precisa, cálida y con una fuerza descriptiva poco común que dota al lector de vista y oído y le hace ver, oír y sentir los paisajes que retrata con precisión».

Darío Jaramillo Agudelo

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